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30.07.2008
ACTRICES DE LA FAMILIA.
Ocurrió por casualidad: varias de las actrices más queridas con las que trabajé en el pasado aparecen en papeles cortos pero esenciales en mi actual película. Me refiero a Kiti Manver, Rossy de Palma, Lola Dueñas, Angela Molina y Chus Lampreave.
Ha sido muy emocionante volver a tenerlas a todas delante de la cámara, ejerciendo de auténticas hadas madrinas, además de actrizones consumadas.
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Kiti Manver, en plan arpía marbellí de alto-bajo standing.
© Paola Ardizzoni y Emilio Pereda. |
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Rossy, comiéndose la nota que acaba de dejarle a su marido Penélope.
© Paola Ardizzoni y Emilio Pereda. |
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Lola Dueñas, leyendo los labios.
© Paola Ardizzoni y Emilio Pereda. |
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Angela Molina, en el pasillo de un hospital, desolada.
© Paola Ardizzoni y Emilio Pereda. |
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La última en incorporarse ha sido Chus Lampreave. El día que vino a rodar convirtió el rodaje en una fiesta. Si las películas fueran personas, Chus sería como la abuela de todas mis películas.

Chus, como la conserje de 'Chicas y Maletas', una película que se rueda dentro de 'Los abrazos rotos'.
© Paola Ardizzoni y Emilio Pereda. |
Fue la actriz oficial para interpretar a mi madre, cuando mi madre se colaba como personaje en mis ficciones (“Qué he hecho yo para merecer esto!” y “la flor de mi secreto”). Chus y mi madre se llevaban muy bien en la vida real, algo inequívocamente castellano las unía, además de un sentido del humor natural y una falta total de prejuicios.
Durante la preproducción de “La flor de mi secreto” fuimos varios días a ensayar a casa de mi hermana las escenas que ocurrían en el saloncito-comedor y en la minúscula cocina. Todas ellas eran escenas de estentóreas disputas entre madre e hija, los papeles que interpretaban Chus y Rossy de Palma, inspiradas directamente en las disputas de mi hermana y mi madre. A estos ensayos asistían las dos, mi madre y mi hermana, sentaditas en el rincón del comedor. Y lejos de sentirse molestas, o parodiadas, encontraban natural, legítimo y hasta halagador que yo robara esos momentos de su intimidad para exponerlos a los ojos del mundo. La naturalidad de mi madre era tal que a veces corregía a Chus, añadiéndole frases o explicándole la situación que estaban ensayando. |
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¡Era una situación tan divertida! Nunca como entonces tuve la impresión de poner un espejo entre la realidad y la ficción. En un lado del comedor estaba la ficción, y en otro, a dos metros, la realidad a la que representaba. Y en el centro estaba yo, testigo perplejo y fascinado.
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Chus con el lagarto bautizado por ella misma con el nombre de 'Dinero'.
© Antonio de Benito. |
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Chus, discutiendo con sus hijas en 'La flor de mi secreto'.
© Jean Marie Leroy. |
Chus Lampreave es algo más que una habitual de mi cine. Es un ser adorable, que no ha perdido la inocencia ni la capacidad de sorpresa de una niña, a pesar de que su vida no ha sido precisamente un camino de rosas. Es lo más parecido a la idea de un ángel. Un ser bueno por naturaleza. Cuando alguien como ella se cruza en tu camino lo mejor es atraparla y no permitir que se aleje durante mucho tiempo. Siempre tengo una cita pendiente con ella, para hablar, para sentir su maravilloso optimismo y su entusiasmo por el mero hecho de vernos y de contarnos cosas. |
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Como actriz es un caso aparte, de jovencita estudiaba arte, iba para pintora y era una mujer extravagante, moderna y divertida. Así la recuerdan todos sus compañeros, el gran pintor Antonio López, entre ellos. Rodeada de pintores y cineastas nunca sintió la ambición de ser actriz, pero Berlanga, Jaime de Armiñán y Marco Ferreri insistieron tanto que no pudo negarse. Fue Marco Ferreri el que la “obligó” a debutar en su obra maestra “El cochecito”. Chus subestima su talento, y eso forma parte de su encanto irresistible. Cuando le ofrecí interpretar “Sor Rata de Callejón” en “Entre Tinieblas” su único inconveniente era que encontraba el papel demasiado largo, demasiado importante. Y ella sólo debía hacer papeles pequeñitos, sin relevancia. Exactamente lo opuesto a lo que te diría cualquier actriz. Chus pertenece a una raza atípica y genial de actores que gesticulan muy poco. O que no gesticulan nada, pero sus rostros sólo reflejan verdad. Me refiero a genios como Buster Keaton, Totò, Bill Murray, Pepe Isbert, Robert Mitchum… Afortunadamente conseguí convencerla para que hiciera el papel de secreta escritora además de monja, en “Entre Tinieblas”, desde entonces es una de las referencias emocionales más importantes en mi vida.

Chus probándose un vestido de lentejuelas, en 'Entre Tinieblas'.
© Ana Muller. |
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GAYS Y ESCALERAS
Hemos acabado la novena semana de rodaje. Estos días abordamos la parte más negra de la película. La película participa de muchos géneros, esta semana le toca al thriller.
Reconozco que en los últimos tiempos tengo debilidad por este género. (Y por el western, pero no sabría cómo hincarle el diente a un western) A lo largo de mi carrera he pasado de un modo natural de la screwball comedy-pop-con-sentimientos al melodrama y al drama para aterrizar en el “noir”. Todo ello mezclado con música y canciones que a veces acercan mis películas al género musical.
Ya había experimentado con el género más oscuro en “Carne trémula” y “La mala educación”. El drama y el thriller son géneros hermanos que a veces se mezclan de modo indisoluble, “Leave her to heaven” de John M. Stahl es el mejor ejemplo de ello, o “Clash by night” (Fritz Lang), el drama de una mujer insatisfecha, con un marido honrado que la adora, al cual abandona para respirar aires nuevos, un típico drama de provincias, si no fuera porque lo dirige Fritz Lang. Lang oscurece de un modo asfixiante la intriga de su antiheroína (nada menos que Barbara Stanwyck) una mujer demasiado inquieta e inteligente para conformarse con la rutina feliz de un ama de casa provinciana. Lang contagia de fatalidad todo lo que toca. Y la fatalidad es uno de los elementos definitorios del género negro.
Respecto a la película de John M. Stahl, “Leave her to heaven” es puro drama y puro cine negro, todo a la vez, con una fotografía brillante y embaucadora que noquea al espectador cuando éste descubre que aquellos colores pastel ocultan locura y sordidez a espuertas.
A juzgar por la primera media hora, “Leave her to heaven” parece un melodrama espectacular (precursor del estilo y la estética de Douglas Sirk, pero más turbulento), sobre una bella mujer obsesionada con la muerte de su padre y con el hombre que lo sustituye en sus afectos, es decir, su propio marido. Al principio esa devoción por el padre muerto y por el marido vivo no sólo parece normal sino admirable. Gene Tierney es un modelo apasionado de hija y esposa, hasta que el amor por su marido (Cornel Wilde) empieza a provocar en ella unos celos tan gratuitos como devastadores. Junto a “Él” de Luis Buñuel, “Leave her to heaven” es la película más sobrecogedora que el cine ha dado sobre el mal de los celos, auténtico demonio que convierte a su víctima en una psicópata asesina. |
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Esta misma mujer de belleza cristalina, Gene Tierney, acaba matando a todas las personas por las que su marido siente interés, empezando por su joven cuñado, un encantador chico discapacitado al que ella invita a darse un baño para que el chico ejercite los brazos. Impresionante la imagen de Tierney, con gafas negras, esperando en una barca con remos a que el chico se ahogue, chapoteando con los brazos y pidiéndole auxilio. A la muerte de su cuñado le sigue la de su propio hijo, cuando está embarazada de su marido. Su marido muestra tanto amor por la criatura que aún no ha nacido que Tierney no duda en arrojarse por una escalera para matarla.
Bueno, lo mejor es que compren el DVD y la vean, aquí se titula “Que el cielo la juzgue”. De paso, pueden echarle un vistazo a toda la filmografía de Douglas Sirk, discípulo aventajado de Stahl, que una década después hizo varios remakes de sus películas (“Sublime obsesión” e “Imitación a la vida”). Grandes espectáculos para disfrutar estas noches de verano.
LA ESCALERA.
Gene Tierney se lanzaba de bruces al abismo de la escalera de su encantadora casa con la nada encantadora intención de matar al ser que albergaba en su seno, por el simple hecho de que su marido ya le adoraba antes de nacer. Y la sola idea de competir con aquel bebé la sacaba de quicio. Celos, paranoia, locura. Un sentimiento pocas veces vinculado a la maternidad.
Los celos asesinos y las escaleras han protagonizado momentos de oro desde que se inventó el cinematógrafo. Hoy los tengo especialmente presentes porque estoy planificando una escena de escalera, una escena muy importante en “Los abrazos rotos” protagonizada por Penélope Cruz y José Luis Gómez, que ruedo mañana.
Sin pretender ser exhaustivo me vienen a la memoria algunas de las escenas de escaleras que más me impactaron. Richard Widmark (“El Beso de la muerte”, de Henry Hathaway) arrojando por la escalera a una vieja en silla de ruedas, previamente atada con el cable del teléfono arrancado, simplemente porque la mujer se negaba a revelarle a semejante loco el paradero de su hijo. La risa de Widmark mientras empuja la silla con la mujer inmovilizada por la parálisis y por el cable del teléfono, le convierte en uno de los psicópatas más aterradores del género, cuando todavía no se hablaba de psicópatas en el cine. En las antípodas de Gene Tierney, Vivien Leigh también perdía a su hijo en “Lo que el viento se llevó” cayendo por una regia escalera de terciopelo rojo. Ver a Bette Davis junto a una escalera es como para echarte a temblar (“Little Foxes”, “La carta” o “Qué fue de Baby Jane?”). |
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La escalera también ha sido siempre un elemento arquitectónico que indica poderío, resulta inimaginable la familia Amberson en “Los magníficos Amberson” (también titulada “El cuarto mandamiento”) de Orson Welles, sin la presencia de esas escaleras que comunicaban los distintos niveles del drama familiar. También el misterio se refugia en las partes altas de una escalera (Psicosis), o sirve para que las heroínas de las comedias en blanco y negro de los años 40 y 50 correteen de arriba a abajo con trajes divinos y galanes de ensueño.
Además de la escalera digamos gótica, también está la escalera épica. A este tipo pertenece la mejor escena de escalera jamás rodada, la de “El Acorazado Potemkin” (ese carrito de bebé, saltando de escalón en escalón!). Y si se habla de la escalera del “Potemkin” hay que mencionar también al mejor imitador que ha tenido esa antológica secuencia, Brian de Palma en “Los intocables de Eliot Ness”. También recuerdo la escalera operística del tiroteo al final de “El Padrino III”.
Y seguro que hay muchas más...
Hablando de escaleras, hay una película basada en una obra de teatro que se llama así, “La escalera” (Stanley Donen), una historia de dos viejas locas, interpretadas deliciosamente por Richard Burton y Rex Harrison.
Qué dotados están los actores ingleses para interpretar a los personajes homosexuales varones (con más o menos pluma). Y qué diferencia con la loca mediterránea, llevada a la cima del exceso y la parodia en “La jaula de las locas” y todas sus derivaciones (no digo que éstas no sean divertidas, sólo constato sus diferencias).
A cualquier actor inglés me lo imagino, y me lo creo, diciéndole a otro hombre que lo desea, sin añadir nada especial a su gestualidad ni al tono de su voz. Bueno, a todos menos a Sean Connery, Albert Finney y Cristopher Lee. No me los imagino diciéndole a otro hombre que lo aman.
Pero además de Burton y Rex Harrison, qué espléndidos “gays” hicieron o podrían hacer Peter Finch, Ian McKellen, Laurence Harvey, Michael Caine, John Hurt, Dirk Bogarde, Terence Stamp, James Fox, Daniel Craig, Peter Ustinov, Michael Chambon, Ralph Fiennes, Anthony Hopkins, Alan Bates, Jeremy Irons, Peter O’Toole, David Niven...! |
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Para este tipo de personajes el actor latino tiene a su favor “el fuego de la mirada”, y la falta de prejuicio (no se me ocurre mejor ejemplo que Antonio Banderas. Y no hablo ya de las películas que hicimos juntos, especialmente de “La ley del deseo”) en “Entrevista con un vampiro” (historia homoerótica confesa, en la que los vampiros no tienen prejuicios, lo que les interesa es la sangre, y el género al que pertenezcan sus “fuentes” les trae al fresco) ninguno de sus protagonistas “ardía de pasión” por el otro, excepto Antonio. Según su autora Anne Rice, todos se deseaban, pero el único que irradiaba fuego por los ojos era Antonio.
Este fuego, por razones culturales, no se halla en el registro natural de los actores británicos (excepto Ralph Fiennes), pero poseen todo lo demás, incluso ese “algo” interior tan difícil de definir que nos hace presentir que alguien es homosexual, sin que ningún detalle externo lo delate. Lo digo como una cualidad, cualidad que no poseen los actores americanos, por ejemplo. (Naturalmente hay excepciones, Steve Carell en “Little Miss Sunshine” es un ejemplo de lo contrario, o Jake Gyllenhaal (“Brokeback Mountain”) y Kevin Bacon (“JFK”). Ninguno de ellos añade nada a su apariencia y a su manera de expresarse para hacer un personaje homosexual.) Actúan desde dentro. Para mí la presencia más representativa de la pulsión homosexual en el cine americano es Heath Ledger en “Brokeback Mountain”. Ledger expresó como nadie la tensión insufrible entre el “ser o no ser” gay. Su dolorosa actuación se convierte en uno de los grandes alegatos del cine americano contra la homofobia que domina la sociedad americana.
No sé por qué hablo de esto. Ah, por la peligrosa escalera que debe sobrevolar Penélope Cruz en el rodaje de mañana.
En la próxima les contaré cómo fue.

Penélope asciende la escalera de su destino.
© Paola Ardizzoni y Emilio Pereda. |
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