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7.5.2008

LANZAROTE, LA ISLA QUEMADA.

Hace nueve años, en mi primer viaje a Lanzarote, me encontré de bruces con la impresionante Playa de El Golfo, después de cruzar la Geria y el mar de lava. Paisajes todos ellos que me habían turbado muy profundamente. El origen volcánico de la isla convertía el paseo en un viaje interior, emocionante y emocional.

Hice fotos de todo. No había visto nunca en la naturaleza colores tan dramáticos, oscuros y originales. Y yo mismo, tan aficionado a los colores brillantes, cuando no chirriantes, me sorprendía fascinado por la oscuridad llena de matices de aquella tierra.

Cuando tuve en mis manos las fotos impresas hubo una que me llamó especialmente la atención.

 
“El Beso de la Playa de El Golfo”
© Pedro Almodóvar.
 
 
El lago verde de la Playa de El Golfo.
© Pedro Almodóvar.
 

Como pueden ver, es una vista general de la playa de El Golfo, hecha a muy poca velocidad, por eso las olas parecen pintadas más que fotografiadas, en primer término hay una roca color burdeos profundo, desde donde se abarca el mejor panorama de la playa, el lago verde y las rocas. Junto a la arena negra, el lago amarillo verdoso le da al paisaje un carácter ficticio, pero nada artificial, más bien parece una imagen de otra dimensión de la naturaleza.

Lo que más me impactó de la fotografía, además de su oscura belleza, fue descubrir en la base a una pareja abrazándose. Cuando hice la foto atardecía, el plano era muy amplio y no vi a la pareja. De hecho hay que fijarse mucho, porque dentro de la inmensidad de la playa negra, a primera vista no se advierte su presencia.
Pensé que el paisaje fotografiado entrañaba un secreto, que ni siquiera la pareja abrazada conocía. Un secreto que probablemente fuera una amenaza para ellos.
La imagen de aquellos dos cuerpos fundidos y aislados impregnaron de misterio mi primer viaje a la isla.

 
 
 
 

Durante los días siguientes escudriñaba todos los lugares, exploraba todos los abismos que la isla ofrecía a mi paso. Y Lanzarote es una isla rica en abismos.
No sabía lo que buscaba. Y ya que la realidad no me aportaba ninguna pista recurrí a la imaginación. Fabulé una trama para la pareja de la foto, les escribí una vida previa al beso, y una vida después del beso. Les di una familia, me inventé situaciones divertidas y desoladoras. Pero nada funcionaba. No conseguí acercarme lo más mínimo al misterio que la foto de la Playa del Golfo entrañaba.

He vuelto muchas veces a Lanzarote, y a la playa de El Golfo. Y el misterio sigue intacto, inaccesible a mi imaginación y a los ojos de mi cámara. Recordé el poder de ver “más allá” de nuestros ojos que tiene el objetivo de una cámara fotográfica (Antonioni ya desarrolló esta idea en “Blow Up”, un cadáver detrás de un matorral, invisible a primera vista, pero que la ampliación de la foto delataba). Pero yo no buscaba una muerte (o sí?) detrás de ese abrazo, sino una historia de amor y de pasión, que por alguna razón debía permanecer oculta.

La urgencia por descubrirla desapareció con el tiempo. Los misterios y secretos que viven dentro de la ficción no necesitan de una revelación tan urgente como en la vida real. Y yo he aprendido a ser paciente y a estar alerta. Incluso a no descubrirlos nunca, sino sólo a acompañarlos.

Nueve años después, he vuelto a visitar Lanzarote con el director de fotografía de “Los abrazos rotos”, recién integrado al equipo. Se trata de Rodrigo Prieto, el fotógrafo de cabecera de Alejandro González Iñárritu, autor también de la fotografía de las dos últimas películas de Ang Lee, “Brokeback Mountain”, por la que fue nominado al Oscar, y la infravalorada “Lust, Caution” (“Lujuria, cautela”, por favor) y muchas más. Yo recuerdo “8 millas” básicamente por su impresionante foto nocturna de la ciudad de Detroit, o de esos garitos tenebrosos, llenos de caras negras y paredes negras, donde la única luz venía de la palidez del otrora esbelto Eminem (creo que ahora está hecho una bola, que atraviesa tremenda depresión y se pasa el tiempo frente al televisor, comiendo comida basura. Pobre!). Estoy muy contento del fichaje de Rodrigo Prieto, un técnico omnisciente en lo suyo, atrevido, experimentador, joven, de buen carácter e incluso atractivo.

 
 
 
 

Rodrigo Prieto, localizando exteriores, junto a mi hermano Agustín sonriente.
© Pedro Almodóvar.

No sé si he descubierto el secreto del “Abrazo en la Playa del Golfo”, pero ese lugar es una de las piezas claves de “Los abrazos rotos”. De un modo sigiloso, sin que yo me diera cuenta, la foto de la Playa de El Golfo, con la pareja abrazada, fundida y oculta entre la arena, se ha convertido en un elemento decisivo del guión. Y Lanzarote en uno de los escenarios más importantes, donde los personajes de Penélope Cruz y Lluis Homar se ocultan y viven una ardiente historia de amor, con grandes amenazas peninsulares.

LOS COLORES. EL LUTO.

En mi primera visita a la isla mi identificación con el color negro suponía una novedad para mí. El negro no había formado parte de mi paleta de colores. Llegué a pensar en el más facilón de los paralelismos, mi reciente afición al negro se debía al personal duelo por la muerte de mi madre. Mi recién estrenada orfandad encontraba su reflejo en la oscuridad de la isla.

 
 
 
 

Hablando de los colores de mis películas, de mi madre y del luto, recuerdo una anécdota que los reúne a todos ellos (a los colores de mis películas, a mi madre y al luto).
Como todo el mundo sabe, vengo de La Mancha, el lugar más austero de nuestro variado país. Sin embargo mi cine se ha caracterizado, entre otras cosas, por la brillantez a veces rabiosa de sus colores. Mi sentimiento del color tendría más sentido si hubiera nacido en Marruecos, India, el Caribe, Méjico o África. Cualquier lugar, menos La Mancha.

Desde que empecé a salir de España para promocionar mis películas (a partir del año 83 con “Entre tinieblas” en el festival de Venecia), siempre me han preguntado por el asunto del color. La verdad es que los colores de mis películas los decido por instinto, de acuerdo con mi estado de ánimo, y de un modo riguroso pero irracional. Pero ésta es una respuesta hermética y demasiado vaga para los periodistas especializados. Así que cuando alguno me pregunta sobre el tema trato de enrollarme y de elaborar una tesis, sobre la marcha, que aunque sea forzada no me resulte demasiado ajena. Normalmente aludo al arte pop de los años sesenta, época en la que me formé, y también al hecho de que cuando descubrí el cine al final de los años cincuenta, y sobre todo en los primeros sesenta, las películas que recuerdo eran en technicolor. Y esa coloración explosiva me ha perseguido siempre. Además de que los colores brillantes son los que mejor representan la pasión de mis personajes y el barroquismo de mis historias.
Estos son los conceptos que suelo manejar, de modo automático, para explicar el colorido de mis películas.

Al final de los 90 una periodista de Le Monde me volvía a preguntar por “la couleur” de mis películas. Habíamos hecho una buena entrevista y la periodista me había caído muy bien. Pensé que merecía que me esforzara por encontrar una respuesta distinta de la que ya tenía automatizada.
Me esforcé, y mi esfuerzo se vio recompensado por el descubrimiento de una hipótesis improvisada que a mí mismo me sorprendió.

 
 
 
 

Mi madre tenía un pequeño papel en “Mujeres al borde de un ataque de nervios”, la locutora de grandes gafas que lee las noticias del telediario, junto a un vaso de agua del que bebe de vez en cuando. La acompañé con el estilista de la película a El Corte Inglés para elegir la ropa del personaje, quería encontrar un vestido que además le gustara a ella porque pensaba regalárselo. Vimos muchos vestidos de señora mayor, casi todos oscuros, y de pronto oí que le decía a la dependienta: “No quiero nada oscuro, ni negro. No puedo con el negro”. Yo estaba hurgando en otro perchero y desde allí escuché la explicación que mi madre le daba a la dependienta, y que justificaba su rechazo del negro. No le habían pedido ninguna explicación, pero mi madre se la dio igualmente.

Con la espontaneidad que la caracterizó toda su vida, y que yo heredé hasta que en algún momento la perdí, mi madre le explicó a la dependienta que había guardado luto desde los tres años hasta pasados los treinta.
Detalló: A los tres años se le murió su padre, mi abuelo, antes de cumplir con el luto se le murió un tío carnal, y así sucesivamente hasta que tuvo más de 30 años.
Yo no sabía nada, era la primera vez que escuchaba esto y me quedé estupefacto. No quise acercarme a ella, prefería seguir escuchándola furtivamente. De ese modo indirecto me enteré de que “cuando estaba embarazada de este”, se refería a mí, “todavía estaba de luto. Así que no quiero nada negro”.
En la primera ocasión les pregunté a mis hermanas sobre los años que nuestra madre había vestido de negro y ellas me confirmaron lo que le había dicho a la dependienta.

Para mí fue una conmoción. Le expliqué esta anécdota a la periodista simpática de “Le Monde”. Y allí mismo, en un coqueto saloncito del Hotel Lancaster (un lugar que fue casa de Marlene Dietrich en muchas de sus largas estancias en París) improvisé la razón por la que mis películas rebosaran de color:
Cuando mi madre me concibió vestía de luto. Su propia naturaleza, hastiada del color negro, gestaba en su vientre la respuesta a esa tradición tan radical, irracional y manchega. Yo era la respuesta a la injusta situación que ella había vivido desde los tres años. Mis películas eran la venganza de mi madre contra el color negro.

 
 
 
 

VIAJES Y OJOS

Cuando viajo suelo comprar todo tipo de objetos populares, en ocasiones he encontrado auténticas joyas de artistas anónimos. Compro de todo, generalmente objetos artesanía muy kitch, objetos divertidos y de intenso sabor popular. Compro por gusto, caprichosamente y en abundancia. En muchas ocasiones esos objetos comprados al azar acaban encontrando un lugar en mis futuras películas. Pueden pasar años guardados en un cajón, o como en el caso del “buceador” de “Átame”, formar parte del guión que estoy a punto de rodar en pocos días.
Por ejemplo, el buceador de plástico lo compré en un aeropuerto, volviendo a España para rodar “Átame”. Cuando revisaba la escena en que Victoria Abril se daba un baño, después de una dura jornada de trabajo, me vino a la memoria el buceador de plástico, lo metí en la bañera y súbitamente compartió protagonismo con Victoria Abril, enriqueciendo enormemente la escena, aunque en América ( por culpa de esta secuencia en la que malentendieron que Victoria se masturbaba con el buceador, porque el juguete se había encayado contra su sexo, y seguía moviendo sus patitas inútilmente) la MPAA calificara la película de pornográfica. Pero esa es otra historia…
Lo que quiero decir es que por azar compro objetos que muchas veces encuentran un lugar en mis películas enriqueciéndolas y convirtiéndose a veces en el eje de las mismas.

Para “Los abrazos rotos”, mientras hacía unas pruebas con Penélope recordé que hace muchos años había comprado en Puerto Rico, o en República Dominicana, unos colgantes en forma de ojos, que dan suerte al portador y le protegen del mal de ojo. Convertí los colgantes en pendientes y se los puse a Penélope. En ese momento se convirtieron en un elemento muy expresivo, y en el mejor vehículo para explicar visualmente algunos detalles oscuros de la relación de Lluis Homar y Blanca Portillo, con los que Penélope comparte una relación de amor (Lluis) y celos rabiosos (Portillo).

 
Ojos contra el mal de ojo, comprados en alguno de mis viajes por el Caribe.
© Pedro Almodóvar.
 
 
 
 
 

Por mucho que pases años escribiendo un guión, al menos en mi caso, hay un momento en que una canción o un objeto se cruza en tu camino (o ya se había cruzado, pero como no sabías qué hacer con ello lo guardas y esperas) y te da la clave de una secuencia (es el caso de “Currucucucu paloma” en “Hable con ella”, y “Piensa en mí” en “Tacones Lejanos”).
Hay que estar atento a la llamada de la casualidad. No todo es fruto del trabajo, de la disciplina y de la imaginación (que en cualquier caso son imprescindibles). Hay que contar con la casualidad. Si esperas, con los deberes cumplidos y la ansiedad adecuada, el azar siempre acude en tu ayuda.

CANNES

Este año no voy a Cannes. Estaré en Lanzarote. El hecho de no acudir me hace sentir nostalgia por todas las veces que estuve allí, compitiendo, sin competir, o como simple invitado (que es como más te diviertes).


Cannes 2004.
© Pedro Almodóvar.
 
 
 
 

Recuerdo los paseos frenéticos, en coche o a pie, por la Croissette, los quiosqueros de la acera de enfrente del hotel Carlton, donde compro la prensa española, que cada año me saludan como si fueran los de la esquina de mi calle en Madrid. A pesar de su merecida fama de bordes, los franceses pueden ser gente encantadora, yo tengo la suerte de provocar lo mejor de ellos.
También recuerdo las comidas en el restaurante “La mère Besson”, donde la dueña del restaurante nos recibe “a la italiana”, con besos y abrazos y donde además nos sirven las mejores anchoas, sopas de pescados y bullabesa.

Recuerdo también los despertares en mi suite del Hotel Martinez, con la habitación llena de ropa sobre los muebles, y de los desayunos en la terraza con croissants, café, zumo de naranja, que me sienta fatal, y “Le Film Français” y “Screen International”, donde busco con ansiedad la última página para ver las estrellitas con las que los críticos de los medios más importantes califican las películas presentadas en la sección oficial. No podría empezar el día sin ver la lista de los críticos, esté o no de acuerdo con ellos, forma parte del ritual diario del festival. Y me dan mucho morbo, además de tema de conversación.

Cannes es un festival donde se especula mucho, se cotillea más, se condenan a las películas participantes al fracaso o al éxito, con razón o sin ella. Pero también es cierto que independientemente a las envidias, los intereses comerciales, las opiniones afectadas y poco reflexionadas de los críticos y al sensacionalismo propio del ritmo vertiginoso del festival (un festival de cine es siempre el peor lugar para ver una película con el relajo necesario. Si una película te gusta tienes que verla otra vez, y si no te gusta también), a pesar de todos estos inconvenientes, el festival es el primer gran trampolín del año, el primer y más importante grand slam, que cada año decide sin margen de error los títulos que triunfarán en el mercado mundial en la temporada siguiente. Digamos que marca, más que ningún otro festival, las grandes tendencias cinematográficas de la temporada siguiente tanto en las películas producidas para el gran público como para las antiguamente llamadas de Arte y Ensayo. Y esto ocurre de espaldas al dictado del Palmarés.
Por ejemplo, el año pasado, no importa que los Hermanos Coen no se llevaran ningún premio por “No Country For Old Men”, a los que habíamos visto allí la película (prensa y espectadores) no nos cabía la menor duda de que meses después sería uno de los grandes títulos del año.

 
 
 
 

Pero Cannes es sobre todo un lugar donde se celebra el cine, la capacidad de hipnosis de la gran pantalla. La fuerza de las estrellas. La originalidad y el atrevimiento de los autores. En un mundo condenado a Internet, Cannes sigue siendo una fiesta cinematográfica.

También recuerdo ahora, con la emoción del ausente, la entrada en la sala del Grand Palais, cuando después de saludar a Gilles Jacob y Thierry Frémaux, atraviesas la cortina y por la megafonía de la sala dicen tu nombre y el de los actores que te acompañan. En ese momento, hasta que te sientas en la “corbeille”, todo el posible. En los segundos que dura el corto paseo hasta sentarte en tu butaca, rodeado de los actores y de mi hermano, todos luciendo una enorme sonrisa nerviosa, es un momento fugaz donde la ilusión se hace más palpable que en ningún otro momento. Todo es posible todavía. Para mí es el momento de mayor concentración emocional, independientemente de los aplausos que recibas al final. Al final uno siempre está idiotizado.
Aunque tardé en participar, la primera vez fue en el año 99 con “Todo sobre mi madre”, es un festival que siempre me ha tratado bien y con cuya cúpula mantengo desde hace años una cálida relación de amistad.

También recuerdo (y su visita es una de las razones más sólidas para ir al festival) nuestra tradicional cena en el restaurante Tetou, en Golfe-Juan. Además de la bullabesa y los pescados, yo me rindo sin condiciones cuando llega el postre, a base de buñuelos y las mejores mermeladas caseras imaginables. Disfrutar de la mermelada de naranja amarga (la de tomate, y ciruelas también. Gracias Jérôme y Sophie Seydoux) compensa el viaje a Cannes, incluso si fracasas y los críticos no te dan ni una miserable estrellita.

Este año la presencia española es tangencial pero sabrosa. En la prestigiosa Quincena de los Realizadores se presenta “El canto de los pájaros” dirigida por el catalán Albert Serra; “Guerrilla” y “El Argentino” de Steven Soderbergh se presenta a concurso, en una sesión maratoniana. Parte de la producción es española, y la música de ambas está compuesta por nuestro Alberto Iglesias, que inmediatamente después me acompañará para crear la música de “Los abrazos rotos”.
También estará presente la última película de Woody Allen, otra producción española, con nuestra Penélope Cruz y nuestro Javier Bardem, acompañados por Scarlett Johanson. Me muero de ganas de verla, pero me temo que tendré que esperar meses.
Y por último “La mujer sin cabeza”, tercer largometraje de la interesantísima directora argentina Lucrecia Martel, que ya deslumbró con “La niña santa” (en Cannes, también) y “La ciénaga” (en Berlín). Esta mujer sin cabeza, que en España cambiará de título (“La mujer rubia”, aquí existe una novela de Vicente Molina Foix con el título original de la película) es la segunda película que El Deseo coproduce con la directora. Compite este año, y yo estoy muy orgulloso de la película y de Lucrecia.

 
 
 
 

LA MUJER SIN CABEZA

Una mujer teñida de rubio conduce su coche por una carretera. Se distrae un momento, atropella algo y se golpea levemente la cabeza. En las horas y los días siguientes al accidente la mujer rubia siente que se ha roto el vínculo con los elementos que componen su vida cotidiana. No los reconoce, da la impresión de que ha perdido la memoria y se deja arrastrar por la corriente de la rutina diaria hasta estar segura de saber quién es y quienes son las personas que la rodean. Tiene una familia, un marido, una hija, un primo, un hermano, una tía mayor, una profesión, dentista, y una enorme desazón: piensa que el día del accidente atropelló a alguien y tal vez le mató. Inmediatamente después del accidente llovió mucho, y en Salta (provincia argentina donde ocurre la acción) da la impresión de que como la nieve en “Fargo”, la lluvia lo borra todo. Especialmente si perteneces a una clase social con medios suficientes para borrarlo...


La mujer sin cabeza tiene problemas. Su marido y su primo tratan de ayudarla.
© AQUAFILMS/EL DESEO/SLOT MACHINE/TEODORA FILMS/R&C.
 
 
 
 

No quiero desvelar lo que ocurre a continuación. La directora argentina demuestra una vez más su habilidad para sugerir en segundos y terceros términos una historia desasosegante, contada desde un punto de vista moral desconcertante (lo digo como algo positivo) y con un talento extraordinario para coreografiar continuos “tableaux vivants” de un naturalismo equívoco y riquísimo. De nuevo muestra un universo húmedo y próximo a la putrefacción, sin énfasis y a través de detalles tan cotidianos como misteriosos. Es difícil hablar de las películas de Lucrecia Martel, pero supone un enorme placer verlas y oírlas, al menos para mí. Una creadora original, con un punto de vista inédito y una habilidad increíble para colocar la cámara y llenar la pantalla de sonidos. Espero que le vaya bien en el festival, y que interese a las personas que debe interesar.
Me gustaría acompañarla, pero para entonces ya me habré retirado a ese convento llamado “Los abrazos rotos”.

PENÉLOPE, LA MUJER RUBIA

Después de cientos de pruebas, ya hemos dado con la imagen de Penélope, en su faceta más ligera. El problema con Penny es que todo le queda bien, y resulta muy difícil elegir. Para una de sus facetas yo me empeñaba en una imagen inédita, y creo que por fin la hemos conseguido. Ahí va.

 
Penélope, de rubia platino. ¿Os recuerda a alguien?
© Pedro Almodóvar.
 
 
 
 
 

Como todas, la foto es casual, y está hecha a través del espejo. Yo estoy entusiasmado con lo que refleja.

Hace una semana me quedé sin habla por una faringitis aguda, cuerdas vocales inflamadas, congestión en las vías altas, etc. Ya estoy bien, pero esto significa que el rodaje se acerca.
Ya es tradición que pocos días antes de rodar caiga enfermo. Es la señal que estaba esperando. Ahora estoy seguro de que dentro de pocos días estaremos rodando.

 
En una de sus facetas, Penélope es modelo. En este momento demuestra que se puede comer una loncha de chopped con elegancia
© Pedro Almodóvar.
 

Hasta entonces. Seguimos en contacto.

FIN